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Capítulo 6: Las Metáforas del Faraón -...N...N..No... Con Seth no... -decía Jouno en sueños. El Faraón sonrió para él mismo al escucharlo hablar durmiendo. Sentía que Jouno no odiaba a Seth, sino que le causaba miedo. Y no podía culparlo, su Sumo Sacerdote no era popular dentro del palacio precisamente por ser carismático. Apenas podía oír el viento cantar afuera. No debía ser muy tarde, sólo que Jouno había sido regresado por Seth por quinta vez en la semana. Nunca duraba más de 10 minutos en sus aposentos. Y debía estar cansado, o realmente asustado, para haberse quedado dormido tan rápido. El Faraón tan sólo lo miraba. Le gustaba mirarlo. Nunca había visto a alguien así antes; con la piel y el cabello tan claros. Tan fascinante. Podía mirarlo toda la noche. Le gustaba Jouno. Pero no lo deseaba. A pesar de haber caído sobre su lecho como su amante, él nunca logró verlo como tal. Le gustaba pero no terminaría en sus brazos, no él. Y tampoco Seth. -Seth. De nuevo ese nombre escapando de sus labios y buscando llegar a los suyos. Lo maldijo en silencio. Seth pagaría por hacerlo sufrir así, por ser la única persona en todo el palacio que no lo deseaba, por no querer terminar en su lecho. Quizás pudo vivir ignorándolo, pero con la llegada de Jouno él y Seth se estaban acercando de nuevo. Y esa era una tentación demasiado grande para el Faraón. Se puso de pie y se acercó al balcón. La brisa apenas y movía sus cabellos. Cerró los ojos y llevó una mano a sus labios. Seth era como tener agua en los labios y no poder beberla. Los guardias anunciaron un visitante, y el Faraón giró al escucharlo entrar. -Mahaado. -Lamento venir a incomodarlo -se disculpó con una reverencia. -Todo está bien. Sólo... No despiertes a Jouno -indicó su Señor y volvió al balcón. El Faraón sabía porqué Mahaado estaba ahí. Todos lo sabían: porque él y Seth estaban mostrándose juntos en público y eso era más de lo que Mahaado podía soportar. El Faraón sonrió con discreción; tenía que admitir que le gustaba jugar con Mahaado. Los celos eran un juego en el que sólo el Faraón podía ganar. -Isis predijo noches tranquilas -comentó Mahaado, acercándose a él-. Y no se equivocó. -Quizás, demasiado tranquilas. -La tranquilidad es buena señal, ¿no lo cree, Faraón? -Tanta tranquilidad sólo es presagio de que algo ocurrirá. -Lo inevitable no puede ser detenido. -Pero se puede retrasar. -No podrá ser retrasado por siempre. -Exacto, no por siempre, pero tanto como yo lo desee. -A veces sus deseos hacen sufrir a otros, mi Señor. -Mahaado -preguntó el Faraón, mostrando una sonrisa que empezaba en placer y terminaba en sarcasmo-. ¿Cuándo dejamos de hablar del clima? -En el momento en que me permitió estar en sus aposentos. -Te dejé entrar a mis habitaciones antes de saber que la tranquilidad de esta noche iba a ser interrumpida. El Faraón le estaba dando la espalda a Mahaado, por lo que no pudo ver aquella sonrisa formada de placer en los labios de su sacerdote. Y es que su sacerdote se había mantenido al margen de las circunstancias. Pero las cosas no podían seguir así, en especial si tan dichosas circunstancias involucraban a Seth. Seth, cómo lo odiaba. Cómo lo odiaba porque sabía que el Faraón lo veía como no veía a nadie más en el palacio. No podía permitir que ambos pasaran tanto tiempo juntos. No podía permitir que Seth se acercara al Faraón. -No es la tranquilidad de la noche la que deseo romper, Faraón -susurró Mahaado, acercándose más. El Faraón escuchó su tardía respuesta. Escuchó su voz. Ah, cómo amaba sentir que trataran de seducirlo. Tenía que admitir que Mahaado lo hacía muy bien, pero no era suficiente. El Faraón quería jugar un poco más con los deseos de Mahaado; hacía mucho que no jugaba de esa manera con nadie. -Pero aún así, Mahaado, estás perturbando la tranquilidad de la noche. -Quizás la noche desea ser perturbada. -No es que lo desee; la noche puede que se sienta sola. No hay estrellas que le hagan compañía. -Hay estrellas, pero no las puede ver. -Las veo, Mahaado, las veo. Pero no brillan tanto como para contemplarlas... El Faraón no terminó de hablar. Las manos de Mahaado abrazaron su cintura. Aún quería jugar con él, no esperaba que las cosas pasaran así de rápido. El Faraón nunca atrapaba a una mariposa al vuelo. Esperaba a que la mariposa volara alrededor de él antes de cogerla. De lo contrario, no admiraría sus colores. Colocó sus manos sobre las de Mahaado; intentaba rechazarlo pero se detuvo al sentir su piel. Hacía semanas que no lo tocaban así. Mahaado interpretó eso como una aceptación. Acercó su boca a la oreja del Faraón y lamió su lóbulo. -A veces pienso que la noche es egoísta -comenzó a decir, susurrándole al oído-. Sabe que está sola y aun así no permite que ninguna estrella le haga compañía. -Mahaado bajó por el cuello, besándolo-. Algunas estrellas se esfuerzan mucho por brillar y llamar la atención de la noche. El Faraón tiró la cabeza hacia atrás al sentir los labios de Mahaado bajándole por el cuello. Abrió la boca para contestarle, pero un suspiro ahogado fue lo único que salió de sus labios. -Mahaado -logró decir, una vez que regularizó su respiración-. ¿Cuándo dejamos de hablar de la noche? -preguntó con sarcasmo. -En el momento en que dejamos de hablar del clima. -¿Y cuándo fue eso? -Cuando me permitió entrar a sus aposentos. -Y sabes que cuando me aburra hablar del clima y de la noche sin estrellas te pediré que te retires. Mahaado detuvo sus caricias al escucharlo. El Faraón no podía permitir que Mahaado fuese quién llevara la situación. Él había permitido que la mariposa descansara en su mano. No había sido la mariposa quien lo obligó a extender la mano. Ninguna mariposa lo obligaría a extenderle la mano, no importara qué tan hermosa pudiera ser. -Dígame, Señor -pidió Mahaado, respirando en su cuello-. Entonces, ¿por qué me permitió entrar a sus aposentos? El Faraón sonrió con malicia. Si Mahaado quería usar sus palabras contra él, saldría perdiendo. -Porque deseaba hablar del clima y las estrellas. -¿Las estrellas? Pensé que hablábamos de la noche sin estrellas? ¿Acaso ya encontró alguna estrella digna de esta noche? -No. Son cosas distintas, Mahaado. La noche y las estrellas no pueden estar juntas. Las estrellas pretenden brillar mucho y la noche es demasiada oscura. Mahaado sabía que su Señor nunca se cansaría de tenerlo ahí: a la espera. Había esperado demasiado. Había soportado muchos días viéndolo con Seth. Sabiendo que compartía su lecho con un simple esclavo. Escucharon un leve sonido. Jouno daba vueltas en la cama y balbuceaba algo que ninguno de los dos logró entender. El Faraón sintió cómo las manos de su sacerdote bajaban de su cintura a las caderas. Dejó que hiciera lo que pretendía: Mahaado llevó al Faraón a un extremo del balcón, arinconándolo contra una de las paredes. Se inclinó sobre su rostro hasta estar al mismo nivel, y es que Mahaado era más alto que su Señor. Sin romper el contacto visual, Mahaado colocó una de sus piernas entre las del Faraón logrando un roce demasiado íntimo. -Las estrellas brillan de esa manera para ser apreciadas por la noche. La oscuridad de la noche las seduce para brillar más. Y si alguna estrella es digna del aprecio de la noche, sabe que la noche es demasiado, por ello que la noche siempre estará por encima de cualquier estrella. Fue el Faraón quién rompió el contacto visual, la seducción de miradas, el orgasmo visual, cerrando los ojos. Era ahí donde deseaba tener a Mahaado. Estaba a punto de arruinarle tan hermoso discurso a su sacerdote diciéndole algo como: "¿Desde cuándo dejamos de hablar de la oscuridad de la noche y comenzamos a disponer insinuaciones sobre de mi lecho o debajo de él?", pero Jouno estaba desconcentrándolo. Estaba moviéndose mucho entre las sábanas. -No... N-n-n-n-n-n-n-n-noooo.... Faraónnnnn.... Seth, no.... -escucharon decir al rubio, aún en sueños. ¡¿Seth?! El Faraón apartó de un movimiento a Mahaado. Su sacerdote no sabía qué había hecho para ocasionar tal reacción en su Señor, que le dio la espalda. Estaba demasiado confundido como para mostrarse tan serio y seguro como siempre. Mahaado se sobresaltó/impresionó/asustó MÁS cuando escuchó al Faraón reírse entre dientes. No podía creerlo. Había rechazado a Mahaado por sentir placer con un hombre que no era él. Que no era Seth. La pequeña risa del Faraón se convirtió en una carcajada. Qué idiota se sentía. ¡Qué idiota de verdad! Había vuelto amor aquel deseo que sentía hacia Seth. Estaba enamorado de Seth, del único imbécil que no lo amaba ni deseaba en todo el maldito palacio. No podía más que reírse de él. De él y de su miseria. -¿...Faraón? Jouno se sentó sobre el lecho. -Oh, Jouno... -logró decir, una vez que terminó de reírse-. Lo siento, Mahaado y yo estábamos... Hablando del clima y la noche. No quisimos despertarte. -¿Es tan divertido eso? -preguntó, sabiendo que el Faraón no le contaba todo. -Ay, Jouno, verás, la noche acaba de darse cuenta que es vencida por el día. Que la noche siempre tiene estrellas que la acompañan, pero que todo aquello termina en el amanecer. Que siempre ha sido así y recién ahora cae en la cuenta. -Faraón... ¿Sabe que habla con demasiadas metáforas? -soltó Jouno, haciéndole pucheros. -Quizás, quizás. Pienso que la vida es demasiado compleja para hablarla de manera simple y directa. Mis metáforas son tan sólo mi manera de hablar de la vida, pero más bonito. Jouno sonrió, aunque seguía sin entender lo de la noche, las estrellas y el día. Pero sonrió porque el Faraón siempre le explicaba las cosas simples y con términos fáciles para que él entendiese. Y no lo hacía porque creyera que Jouno no fuera a entenderlo, sino porque le gustaba explicarle las cosas. Lo que no podía explicar ninguno de los dos era por qué Mahaado no decía ni una palabra. ¿Cómo era posible que la libido de aquel momento se haya terminado así? Mahaado no asimilaba. Y el Faraón se dio cuenta de ello. -Suficiente por hoy, Mahaado -comensó a decir el Faraón, mirándolo por sobre el hombro-. Suficiente para ambos. No pretendo pedirte que sigas aquí para hablar del clima y la noche, porque temo que me aburriría. Y no deseo aburrirme tan rápido. -Comprendo, Faraón -respondió Mahaado, volviendo a recobrar todos sus sentidos y aquellos puntos de I.Q que se fueron con su libido-. Espero podamos continuar nuestra conversación en otra ocasión. Juro que no lo aburriré. Con su permiso. Y se fue, no sin antes hacerle una reverencia a su Señor y mirar con verdadero odio/celos a Jouno, quien podía quedarse en las habitaciones del Faraón, sobre el lecho del Faraón, con el Faraón. -Fue por mi culpa, ¿verdad? -preguntó Jouno una vez que Mahaado se hubo retirado. -Mahaado se fue porque tenía que irse. Lo habría echado de mis habitaciones así no hubieras despertado. -¿Es eso cierto? -preguntó, estrechando la mirada-. Pienso que lo dice sólo para hacerme sentir mejor. Porque... Porque sé que no estaban hablando. -¿Cómo sabes eso? -¡Vamos, Faraón! Usted y Mahaado solos, a estas horas, aquí, ¿hablando del clima? -Pues sí, así te cueste creerlo, de eso hablábamos. -No sé qué le estará contando Seth de mí, Faraón, pero soy más inteligente de lo que él le insinúa. Seth, otra vez su nombre. -Ya te lo dije, Jouno: lo habría echado de mis habitaciones así no hubieras despertado. Pero te despertarte y lo viste. Es todo. Ahora duérmete. Jouno se acurrucó entre las sábanas. Las últimas palabras de su Señor habían sido dichas con otro tono de voz. Y le había ordenado dormir, dando por concluida la conversación así de pronto. Sabía que el Faraón no lo había tomado de amante a él, y por eso había estado Mahaado ahí. Jouno se mordió los labios. Él no podía ser su amante; entonces, por el bien del Faraón, dejaría que Mahaado lo fuera. Aunque él no lo quisiera así. Seguramente, Mahaado iría a las habitaciones del Faraón al día siguiente. Y tenían que estar solos. Entonces... Entonces, Jouno tendría que permanecer más tiempo en los aposentos de Seth. ¡Nada de eso le gustaba! No quería que Mahaado y el Faraón estuvieran solos. Y no quería estar él solo por MUCHO tiempo con Seth. Pero lo que él deseara no importaba tanto como lo que el Faraón deseara. Y éso era lo que realmente importaba. NOTA: |